En el texto se podía leer "según acordamos, en media hora estaré abajo". Ahora ella se preguntaba por qué se habría metido en este lío. Realmente cuando lo propuso no pensó que él fuese a decir que sí, y mucho menos que lo organizase todo tan pronto.
Había estado durante un año chateando con él y ambos acordaron que eso sólo sería una mera amistad virtual, pero claro, iba pasando el tiempo, las charlas, las confesiones -que eran demasiadas- se lamentaba ahora ella. Una cosa era fantasear, flirtear y otra era enfrentarse a la realidad, "¡conocerse en persona! ¿ahora qué? ¿y si todo sale mal? ¿y si perdemos todo lo que tenemos?"- se preguntaba. El miedo la dejaba aún más paralizada en la taza del baño, aún podría echarse para atrás y decirle que se lo había pensado mejor o que estaba indispuesta y que justamente le había pillado en el bater y no podía levantarse -y no mentiría- "¡Esto me pasa por bocazas! se recriminaba, "si sólo estaba bromeando con lo de que estaría bien verse después de tanto tiempo".
María se limpió como pudo porque sus manos le temblaban y como una autómata se levantó y fue directa a la ducha, cogió una cuchilla y a toda prisa se afeitó piernas, ingles y axilas. "¡si es que soy un desastre! ¿pero y él? ¿es que no sabe que las mujeres necesitamos más tiempo de preparación? ¿y yo para que estoy haciendo todo esto? con esta última cuestión se quedó mirando al infinito y con una sonrisa se dijo "¡guarrilla!" en tono lascivo.
Y como quien no quiere la cosa ese día batió su récord y en 30 minutos hizo lo imposible: estaba aseada, bien vestida, maquillada y con el pelo perfecto, se lanzó un beso frente al espejo y en ese momento sonó el timbre.
Una voz al otro lado del telefonillo dijo "soy yo, te espero abajo", María agarró su bolso, recogió su manojo de llaves que tenía colgadas en un pequeño marco y cerrando la puerta dijo "¡A por él!".
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