Esta noche hablé con Dios, era un sueño de lo más real, ¿Cómo era? No lo pude ver ¿A que olía? No lo sé decir ¿Y su voz?¿Cómo sonaba su voz? No lo sé... como la de un Dios.
En mi sueño todo era nublado, pero muy claro y real. Sentía Su presencia, la presencia de un dios todo poderoso. Yo estaba en un campo, andaba sobre lo alto de una gran roca y miraba a mi alrededor, todo el campo se extendía ante mí y me senté para contemplarlo mejor. De pronto, una gran sensación de vacío y calma me embriagó y en ese momento supe que Él estaba allí, en alguna parte. Sentía sus ojos mirándome de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de frente, a mis espaldas, en mi costado, desde el cielo y desde la tierra. Tenía la certeza de que nada de lo que hiciese escaparía ante su mirada, todos mis actos serian minuciosamente controlados, seguidos y analizados. Me conocía mejor incluso que yo a mí misma y creo poder decir sin equivocación que podía predecir mis movimientos. Por un instante, creí hacerme más pequeña, como si no valiese más que una hormiga, sentí que yo no era la creación divina, perfecta y superior que a todos nos dicen que somos, porque como descubrí más adelante, no lo era, sino que estaba y formaba parte de ella.
Me levanté de la roca donde me encontraba sentada y comencé a andar por el campo, esta vez mirándolo con otros ojos, no me perdía ni sólo un detalle, observé todo como si fuese por primera vez, y me arrodillé para ver más de cerca a un simple escarabajo. Entonces me percaté de lo que yo misma estaba haciendo. Pensé en el pobre escarabajo que se sentía observado, como yo antes... le miré muy detenidamente y el pobre insecto sólo vio de mí un ojo gigante que le escudriñaba en lo más íntimo de su ser. Y así descubrí algo que nunca antes se me hubiese pasado por la cabeza, me dí cuenta de que ese escarabajo no era un ser inferior, ni yo tampoco, simplemente estábamos en igualdad de condiciones; ambos podíamos observar y ser observados, contemplar lo extraño, lo curioso y todo lo extravagante que había a nuestro alrededor. Y lo mejor de todo, descubrí que yo también formaba parte de ese Dios que todo lo observaba.
Había tanta naturaleza allí, tantos animales. Y extraño en mí misma, sería porque era un sueño, no tuve miedo de ellos, ni rechacé aquellos pequeños insectos que estando despierta me hubiesen hecho huir despavorida. Y no lo hice, porque todos esos insectos y animales ya no me eran indiferentes.
Y seguí andando, hasta que en frente de mí vi un gran árbol, era realmente enorme, ya lo creo, me acerqué y pasé una de mis manos sobre su tronco; pude notar cómo la sabia recorría de abajo a arriba a aquel gran, gran árbol, ¡estaba vivo!, vivo como tú y como yo, como la oruga que comía sus hojas y como aquel ciempiés que en realidad no tenía tantos.
Esta noche, sí, esta noche hablé con Dios, ya lo creo. ¿Quién me puede negar que no lo hice? La Naturaleza tiene su propio diálogo al igual que nosotros... y escoge la lengua que le parece. El diálogo de la vida, del corazón que late, de la sabia que recorre las venas de un árbol y del agua que absorben las plantas. Sobre todo, de aquella bella flor que no me atreví a arrancar del suelo.
Hoy me fui al campo y me subí a una gran roca, y ahora más claramente tuve una conversación con Dios, con la Naturaleza. La luna a penas hacía un rato que había salido y esta vez pude observar mejor al escarabajo. La flor, ahora de verdad, tampoco me atreví a arrancarla, porque era tan bella...
Y me quedé en el campo hasta que se cerró la noche, una noche clara, podía observar como una hermosa cúpula se extendía sobre mí, las estrellas brillaban como nunca y me pregunté si ellas también formaban parte de este milagro y lo grité al cielo ¿me veis? obtuve como respuesta leves guiños, y así pasaron el resto de la noche, parpadeando en respuesta a mi pregunta; y mis pestañas también comenzaron a parpadear, entablamos al fin una conversación de igual a igual, hasta que caí rendida y me dormí. Y soñé que estaba en el campo y me subía a una gran roca. Y así día y día soñaba y despertaba en el campo, hablando con Dios y éste me respondía.
Ya no sé diferenciar cuando estoy dormida o despierta, pero cada día estoy en un lugar diferente, unas veces en otro hermoso campo y otras veces me encuentro desolada con que el campo no está y grandes columnas con luces y laberintos que dicen llamar calles y ciudades ocupan su lugar, y en esos momentos me pregunto ¿donde está Dios?
Pero siempre hay otro día donde sueño con mi campo, mi hermoso campo, donde entablo mi conversación con mi Dios: la Naturaleza. Y otros días, como hoy, en los que ayudo a que no se olvide mi sueño o bien intento que la luz artificial no apague la del sol.
Este relato fue escrito el 30/11/1998 en un día de inspiración, por supuesto, le he dado muchos retoques, he quitado frases y he añadido otras, pero el mensaje que transmitía sigue. Le tengo un gran cariño y me hace sentir en paz cuando lo leo. Todos somos uno, estamos conectados, y ese Uno es la Naturaleza, si eso no es Dios es que no puedo imaginar nada mejor.
ResponderEliminarÉste no recuerdo haberlo leído antes, aunque la temática es muy tuya. ;)
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